jueves, 7 de abril de 2016

Amores perros

- "¿...Pero que cojones...¿no éramos nosotros los de blanco?"

Hay equipos que enamoran y luego está el Real Madrid. El amor por el Real Madrid de la última década es algo así como cuando conoces a alguien que te gusta mucho; con la que has empezado a tontear, y cuando parece que empiezas a llegar a algo, te la encuentras a la vuelta de la esquina morreándose con otro (u otra) como si les hubieran cosido la boca y dentro hubieran metido un grillo....O como esa persona a la que tienes idealizada, y con la que pasas tus tiempos muertos fantaseando con cuantos hijos vais a tener en esa bonita casa unifamiliar con jardín perfecto que te has comprado en tu cabeza...hasta que un día conoces como es en realidad y se te cae completamente el mito.

Pues el Real Madrid es algo así: un amor pagafantas y masoquista, una vía muerta de la que no eres consciente hasta que ves el precipicio, un subidón de expectativas que acaban irremediablemente en decepción y en un estado depresivo.

Ayer viendo el partido de Champions contra el Wolfsburgo volví a tener esa sensación. El Madrid del pasado Clásico nos enamoró a todos: no fuimos dominadores, pero nos convenció esa manera de tomarse el partido en serio, esa concentración, ese descubrimiento de Casemiro, ese venirse arriba aún con un gol anulado y quedarse con diez...Ese Madrid nos levantó los colores, nos ruborizó las mejillas, nos hizo sonreir como tontos y soñar con una vida juntos en esa vivienda perfecta mientras acunamos la Undécima... Pero luego llegó el Wolfsburgo y nos dimos cuenta de que en realidad no son más que una banda de mataos.

Del partido todavía puede entenderse los dos goles: uno de penalti inexistente y el segundo de despiste de nuestra inoperante defensa. Hasta le pueden echar la culpa de todo a la alineación de Danilo (como si Cr7 y compañía lo necesitaran fuera del campo para correr). Lo que no es entendible es que en los 70 minutos que restaban de encuentro, no hubiera ninguna reacción ante todo un 8º clasificado de la Bundesliga. Eso da bajón y ganas de mandarlos a tomar por el fondo norte.

Tiene gracias. Hemos pasado de poder ganar la Undécima a darnos por satisfecho si toca épica el próximo martes. Así de caprichoso es el amor. El amor por el Real Madrid, claro.

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